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5 de diciembre de 1813

La recuperación de Jaca

                                                    por Íñigo Ena 

 

Península Ibérica

 

La situación en la Península Ibérica a comienzos de 1813 es muy complicada tanto para los aliados (españoles, portugueses y británicos) como para los ocupantes franceses, quizá todavía más para estos últimos. Existen tensiones internas en ambos bandos y la guerra, que duraba ya casi un lustro, había dejado el campo desasistido, por lo que el suministro de víveres no estaba ni mucho menos garantizado. Además, la Grande Armée sufre un tremendo descalabro en Rusia, precipitando la declaración de guerra a Francia por parte de Prusia. Todo ello supuso la reducción del contingente galo en la Península para concentrar un mayor número de efectivos en Centroeuropa.

 

Las tropas francesas inician en 1813 una retirada hacia el norte y José I, el rey “intruso”, abandona Madrid y se establece en Burgos, una posición más segura, pues durante su estancia en la capital las comunicaciones con su hermano Napoleón y con Francia no habían sido nada fluidas. En el norte, las tropas de Clauzel, nuevo general del Ejército del Norte francés, se ven constantemente hostigadas por las unidades españolas de guerrilla y, pese a sus intentos de contraofensiva, no logran revertir la situación. Todas las maniobras de Espoz y Mina, el líder de la guerrilla en Navarra y parte de Aragón, sirvieron de distracción para las tropas francesas, ocupadas en perseguir infructuosamente a los guerrilleros mientras los ejércitos del Duque de Wellington avanzaban sin oposición remontando el Duero. Igualmente, las operaciones en Valencia y Tarragona impedían al mariscal Suchet el envío de tropas al rey José en su batalla contra Wellington. Los imperiales siguen retrocediendo hasta que, el 21 de junio de 1813, el Duque de Wellington y Ciudad Rodrigo obtiene una victoria importantísima en Vitoria, tras la cual los franceses serán incapaces de reponerse y, después de varios sitios, como los de Pamplona o San Sebastián, serán expulsados del territorio peninsular.

 

Aragón

 

En la zona de Navarra y el Alto Aragón, el combate es algo distinto: las unidades de línea y la artillería son escasas, mientras que los guerrilleros (infantería ligera que combate de forma irregular) forman el cuerpo principal del ejército español. Algunos cabecillas destacados en Aragón y Navarra fueron el ya citado Francisco Espoz y Mina o Joaquín de Pablo, apodado Chapalangarra. También personajes como el sargento Pueyo, instalado en Murillo, fueron fundamentales en el control de los movimientos de las unidades francesas.

 

Aragón había quedado relativamente vacío de tropas por la necesidad de efectivos que tenía Suchet en su campaña levantina. De hecho, de los antiguos corregimientos aragoneses, en 1813 los franceses sólo conservaban Zaragoza, Alcañiz, Teruel, Daroca, Huesca y Jaca, mientras que Albarracín, Calatayud, las Cinco Villas, Tarazona, Borja, Benabarre y Barbastro eran controlados por los patriotas. A comienzos del citado año, la guerrilla ejecuta una serie de acciones en el Alto Aragón, como el ataque al convoy que lleva a la esposa de Suchet a Francia, que termina simplemente en un susto a la “mariscala”.

 

Como se ha comentado antes, Clauzel intenta una contraofensiva para erradicar la guerrilla del Pirineo Central, aunque él mismo, en un correo dirigido al rey José e interceptado por la guerrilla, se declara incapaz de acabar con Espoz con solamente 13.000 hombres. Dice el general en su carta:

 

V.M. verá que es imposible con estos recursos llenar las intenciones de S.M. el Emperador, y hacer nada en España por su servicio y por el de V.M. Navarra no puede ser sometida sino por la presencia de veinte ó veinte y cinco mil hombres, y sin el pronto establecimiento de esta fuerza nada se hará sino sacrificar hombres y gastar el tiempo inútilmente”.

 

Clauzel persigue a Espoz por Navarra y el Alto Aragón y llega incluso a ponerlo en serios aprietos, pero el guerrillero navarro logra entretener al general francés y a sus tropas lo suficiente para que no puedan reforzar al ejército de José. El barón Clauzel finalmente desiste y opta por retirarse hacia el este, volviendo después a Zaragoza por Logroño y dejando algunas guarniciones en puntos estratégicos. A continuación, Suchet resuelve replegarse también desde sus posiciones en Valencia hacia el Ebro.

 

En junio de 1813, Espoz y de Pablo reinician las operaciones, bloqueando el camino entre Zaragoza y Jaca y, en consecuencia, obstruyendo las comunicaciones con Francia. El día 30, Chapalangarra ocupa Huesca, por lo que la guarnición francesa, mandada por  Desbœufs, se ve obligada a refugiarse en el cercano castillo de Montearagón.

 

A partir de julio, las tropas francesas empiezan a retirarse hacia el norte.

  • Clauzel parte desde Zaragoza hacia Jaca el 5 de julio, remontando el Gállego. Deja al mando de la ciudad al general Pâris y se desprende de su artillería, demasiado pesada para el repliegue. Una vez llega a Jaca, se aproxima a la frontera con Navarra, pero decide volver a la ciudad por el intenso hostigamiento que sufre por parte de las tropas de Espoz.
  • Desbœufs, consigue finalmente en la noche del 8 al 9 de julio contactar con Pâris, del que esperaba instrucciones desde su huida a Montearagón. Dado que Zaragoza estaba amenazada por los aliados, la mejor opción era huir hacia Jaca. Parten esa misma noche, pero una vez pasado Ayerbe se desvían hacia Biescas (todo ello hostigados por Chapalangarra) y llegan finalmente a Francia.
  • Pâris, que había quedado al mando en Zaragoza, decide abandonar la ciudad cuando Espoz despliega sus tropas en Torrero (9 de julio). Deja una importante guarnición en la Aljafería y sale de Zaragoza por el puente de piedra, volando uno de sus arcos. Se dirige inicialmente a Alcubierre, para tratar de reunirse más tarde con Suchet, en Lérida. Una vez allí, ante la persecución y el desgaste por parte de Espoz, decide marchar hacia Jaca, a donde llega el día 13 de julio.

 

Jaca

 

La ciudad de Jaca había caído en manos de los franceses en marzo de 1809. Era un punto de paso obligado entre Francia y Zaragoza y fácilmente defendible, gracias a sus murallas y, fundamentalmente, a su Ciudadela. En julio de 1813, en Jaca se concentra una importante cantidad de tropas: las del barón Clauzel, las de Desbœufs, las del brigadier Pâris y, finalmente, las del comandante Déshorties, jefe de la plaza de Jaca. En total, cerca de 12.000 hombres, a los que no se podía mantener en la ciudad durante mucho tiempo debido a la gran cantidad de suministros que ello requería. Por parte de los españoles, Chapalangarra ordena a Pueyo establecer informadores en las cercanías de la ciudad mientras que Espoz envía a Oro con el 7º batallón del 2º de Altoaragoneses para bloquear la villa pirenaica.

 

El 11 de agosto tiene lugar una pequeña batalla en la cara norte de la Peña Oroel en la que los franceses son derrotados y se ven obligados a refugiarse tras las murallas de Jaca. Al día siguiente, Pâris resuelve llevar sus tropas a Francia, dejando en Jaca al mando de Déshorties a tres compañías de cazadores, cuatro de infantería, un escuadrón de gendarmes, medio centenar de artilleros y en torno a cien hombres de distintas unidades del mermado Ejército de Aragón francés. En total, algo más de 800 hombres en condiciones de luchar. Déshorties, consciente de que sólo tenía víveres para tres meses más, realiza algunas salidas para abastecerse de suministros.

 

El 13 de septiembre se inicia oficialmente el sitio de Jaca, con una acción dirigida por Oro en las huertas próximas a las murallas de la ciudad, obligando a los franceses a resguardarse en el interior de Jaca después de cargar contra ellos con las bayonetas. El 29 del mismo mes, tras una pequeña escaramuza en las proximidades de Barós, un contingente francés sale de la ciudad para ayudar a sus compatriotas. Oro establece a la 3ª compañía en el alto de Carpui, próximo a la Fuente de Baños, donde resiste heroicamente hasta que logra abrirse paso a bayonetazos hasta la 4ª y la 5ª compañía, repeliendo a los franceses que se cobijan de nuevo en las murallas de la ciudad.

 

En octubre, Antonio Oro recibe el refuerzo del 1º de Altoaragoneses, mandado por Chapalangarra. Los franceses continúan realizando sus operaciones de avituallamiento, como la acaecida el 10 de octubre, en la que “á las diez de la mañana saliéron unos 100 franceses á descubrir el campo”, para reconocer el terreno próximo al camino de la Victoria y a hacer pastar al ganado. Tras un combate de seis horas, los franceses se retiraron a Jaca, dejando 17 muertos y 88 heridos. El 28 de octubre, una columna sale de Jaca, para tratar de apoderarse de un pequeño convoy, pero es repelida por las tropas españolas.

 

En noviembre se produce la última incursión francesa de importancia. El día 11, un contingente de 500 hombres sale de Jaca para tratar de desalojar a Oro de su cuartel general en Banaguás, aprovechando que sólo disponía de tres compañías, pues el resto se hallaban en el camino de Francia y al otro lado del Gas. Los franceses logran expulsar la avanzadilla que Oro había instalado en el Puente San Miguel y tratan de vadear el río, a lo que Oro responde dividiendo sus fuerzas para repeler el ataque y hacer retroceder una vez más a los franceses hasta Jaca. A finales de mes llega desde Monzón, en sustitución del 1º de Altoaragoneses, el 1º de Alaveses, al mando de Marcelino Oráa, quien prepara el asalto definitivo a la ciudad de Jaca.

 

Sitiadores y sitiados

 

Desbœufs habla en sus Memorias de la situación de los soldados franceses acantonados en la ciudad: se dedican a jugar, cantar y divertirse en las tabernas, con el dinero que había llegado hasta Jaca desde Zaragoza con los funcionarios afrancesados, quienes habían sido despojados de sus riquezas tanto por los franceses como por los españoles. Desbœufs habla de la situación en los siguientes términos:

 

               “Un espéctaculo muy triste, pues unos habían perdido a sus familias y otros su fortuna”.

 

Por su parte, Espoz, en sus Memorias, recuerda las durísimas condiciones de vida que tenían que soportar las tropas de su división que bloqueaban la plaza de Jaca:

 

               “Acampados frente al enemigo, en un país que á bastantes leguas á la redonda los nueve meses del año por lo comun está cubierto de nieves, y en la estacion mas cruda, solo su decision y espíritu podia darles fuerza para resistir con tanta constancia tamaños trabajos; y agréguese á la fiereza de los elementos la carencia de bastimentos, que raro era el dia que podia suministrárseles racion completa”.

 

La toma de Jaca

 

 El asalto tiene lugar en la madrugada del 4 al 5 de diciembre de 1813 y es descrito minuciosamente por Marcelino Oraá, el comandante de las fuerzas sitiadoras, en uno de sus partes dirigido a Espoz y Mina. El día anterior sus fuerzas reunieron todas las escalas posibles y las adecuaron al tamaño de las murallas de la ciudad. La operación se desarrolla conforme al plan trazado por Oraá:

 

  • Que la compañía de extranjeros y 4ª del 5º regimiento asaltasen por el rincon del portal de S. Francisco, se apoderasen por el rincon de la guarida de santa Eurosia y ocupasen este punto para cortar la retirada á los enemigos”, que se hallaban próximos a la Catedral y en las torres de la muralla, mandados por Labrot, comandante de la ciudad. Les ordenaba perseguirlos y, en caso de que huyesen al Castillo de San Pedro, “si ser podia entrasen dentro de él”.
  • Que la de granaderos y cazadores del mismo asaltasen aquella por la derecha de la torre del castellar, y se diriguiesen á ocupar las quatro esquinas de la calle mayor”, también para cortar la retirada y apoyar a las compañías que lo necesitasen.
  • Y la otra [compañía de cazadores del 5º regimiento] por junto á la que está a la izquierda del convento de las mongas, por la huerta de él pasase á ocupar el portal, y batiese la tapia por la parte interior, mientras que la 1ª compañía del mismo lo executaba por la parte exterior y la vertiente de dicho convento”.
  • Que la de cazadores y 1ª del 7º diesen el asalto, la 1ª por la capilla de santa Eurosia y pasase por detrás de la catedral á incorporarse con la de extrangeros y 4ª de aquel”, mientras que “la 2ª por el rincon de la torre de S. Juan y se reuniese con la de cazadores del 5º”. Oráa también prevé que esta unidad pueda haber ocupado ya la posición, de manera que la 2ª compañía del 7º de Navarra quedaría formada en la Plaza de los Toros (la actual plaza Biscós), a la espera de recibir órdenes de los jefes.
  • Que, al mismo tiempo del asalto la 2ª del 5º y granaderos del 7º batiesen por la parte exterior, aquella del portal del estudio, y esta el nuevo” y añade que, una vez abiertas las puertas, se formasen dos patrullas con sendos oficiales para evitar desórdenes.

 

Oraá decide hacer fuego de distracción con unidades del 7º contra el Castillo de San Pedro. Deja además en reserva tropas del 5º debajo del Convento de las Benedictinas y la del 7º junto a la ermita de San Juan. La compañía de húsares de Navarra queda en el puente de la Lana y el 1º de dragones de Soria, mandados por Bartolomé Amor, en las proximidades de Guasa, junto al molino.

 

El asalto comienza a la señal de dos disparos desde el alto de Ruesta y se ejecuta en un cuarto de hora; la resistencia es débil salvo en la torre del Castellar y en la puerta del Estudio, donde los franceses, ante las acometidas de los asaltantes, acaban huyendo a la Ciudadela.

 

En lo que se refiere a bajas, los asaltantes cuentan 4 muertos y 18 heridos y quedan en su poder “un cirujano, el guarda-almacén de víveres. 41 prisioneros, 20 fusiles y un mosquete”. En el mismo parte, Oráa recomienda a Espoz a los asaltantes que lucharon con más ferocidad, citando por ejemplo a Antonio Oro, Ramón Marañón, Simón Pérez, Pedro Espada o José Viñerga, entre muchos otros.

 

 

Espoz parece satisfecho con las tropas, de las que dice que “se procuraron cuando menos un albergue donde reposar, cansados de sus fatigas, en lugar del raso cielo que las cubria en los campamentos

 

 

Asedio del Castillo de San Pedro

 

El mariscal Suchet relata en sus Memorias el proyecto del mariscal Soult, designado por Napoleón para liberar Pamplona y San Sebastián, por el cual proponía amenazar el flanco del ejército de Wellington con el Ejército de Aragón de Suchet, previa conquista de Zaragoza y Jaca y la unión con las tropas de Pâris, que esperaban al otro lado de la frontera. El Ministro de la guerra francés hizo a ver a Soult lo arriesgado de su plan, al quedar el Pirineo Central desguarnecido, por lo que el general francés “propuso al  mariscal Suchet reunirse con él, y con todas las fuerzas disponibles de los ejércitos de Aragon y Cataluña, pero de esta otra parte de los Pirineos, es decir, en Tarbes ó en Pau, á fin de penetrar juntos en Aragón por Oleron y por Jaca, y marchar desde alli á la Navarra al encuentro de lord Wellington”.

 

Por su parte, Espoz, tal y como muestran sus Memorias, tuvo noticia de las intenciones de los mariscales Soult y Suchet de socorrer el castillo, “por lo mucho que les interesaba su conservacion para tener corriente el camino á Aragon”. También los vecinos de Jaca instan a Espoz a acabar con la presencia francesa en la ciudad. Pide entonces permiso al duque de Ciudad Rodrigo para desplazarse a Jaca, a fin de rendir la Ciudadela.

 

Espoz llega a Jaca a principios de enero de 1814 y dirige personalmente las operaciones de asedio del Castillo. Solicita una batería artillera potente, para intentar batir la fortaleza, pero sólo recibe dos obuses, que ubica inicialmente en las proximidades de la ermita de San Juan (entre las actuales calles Madrid y Levante) pero que se ve obligado a trasladar a “las héras de Mocorones [hoy la zona del llano de la Victoria], porque la de la hermita [la batería] fue destruida prontamente por los fuegos del castillo”. Sitúa además dos cañones en la cruz de San Marcos (actualmente el Árbol de la Salud). Este tren artillero era muy inferior a la dotación de la Ciudadela, que dispone de 45 cañones de diversos calibres, 6 morteros y 3 obuses montados, además de otras piezas fuera de sus cureñas. Espoz describe en sus partes el estado de la ciudad, “que apenas tiene un edificio sano, y que cuenta con casas enteras arruinadas por el bombéo”, por lo que se procede a la evacuación de la población civil, a la vez que amenazan a los franceses con pasarlos a todos a cuchillo si no cesan los bombardeos.

 

Espoz, en su informe a Wellington, describe todas las operaciones que lleva a cabo y la situación de sitiadores y sitiados. La guarnición francesa es consciente de la acuciante falta de víveres que sufre, y Déshorties establece varios parlamentos que Espoz rechaza, pues considera sus pretensiones “demasiado exageradas” e “incompatibles con el honor de las armas nacionales”. Los españoles, como recuerda Espoz también en sus Memorias, “sufrían muchos de los fuegos de los enemigos, y no poco de la escasez de vituallas y aun del mal calzado y ropa”. Además de advertir que no habría ningún tipo de capitulación en el asalto, el general navarro redobla las labores de zapa para intimidar a los defensores franceses.

 

Las tropas de Espoz excavan tres minas, unas galerías subterráneas situadas bajo la fortificación que se hacen explotar para derrumbar las estructuras que se encuentran sobre ellas. La primera partía de la subida de Tron, lo que hoy es el Paseo de la Cantera, y llegaba hasta el contrafoso, donde se dividía en dos ramales a izquierda y derecha. Las otras dos partían desde la ciudad, una de ellas desde la plazuela de San Pedro, también con dos ramales en el borde del murallón del foso. Por otra parte, se construyen dos caminos de circunvalación, uno desde el portal de San Francisco hasta la subida de Tron y otro “desde la muralla de la ciudad por las héras mayores, y concluía en la caserna de la cantera de Aragon”. Según el parte de Espoz, “no distaban del castillo medio tiro de pistola” y se excavaron “para impedir obrar á la artillería enemiga”.

 

Los franceses, por su parte, continúan con el fuego artillero desde el Castillo. Durante la ocupación de la ciudad el convento de San Francisco, situado en lo que actualmente es el Gran Hotel, fue destruido por los franceses, pues obstaculizaba el tiro desde la Ciudadela y podía servir al enemigo como posición fuerte para instalar artillería. El propio Espoz sufrió los efectos de los bombardeos cuando un proyectil cayó en su despacho del Palacio Episcopal. Actualmente queda en la Ciudadela un vestigio de la ocupación francesa, un muro que divide en dos partes la plataforma del baluarte  Santa Orosia, cuya función no está del todo clara: podría haber servido para proteger a los defensores del fuego en altura hecho desde Jaca (por ejemplo desde la Catedral, una posición más elevada) o para no ser víctima de disparos enemigos por la espalda (el baluarte Santa Orosia recibía fuego cruzado desde las murallas de la ciudad y desde la batería instalada en la ermita de San Marcos).

 

La capitulación

 

Finalmente, el 17 de febrero de 1814, ¿se aviene una capitulación? pactada, en virtud de la cual las tropas francesas abandonan el Castillo con dirección a Francia a las siete de la mañana del día siguiente.

 

La guarnición francesa sale de la Ciudadela con todos los honores, conservando oficiales y suboficiales sus armas. Son escoltados hasta Francia y se les proporciona todos los suministros necesarios. Se comprometen a no tomar las armas “hasta el perfecto cange de igual número de prisioneros españoles que haya en Francia, clase por clase, é individuo por individuo”. Los enfermos y heridos quedan en el hospital y serán devueltos a Francia tras su recuperación. Los españoles facilitan a los franceses “los bagages necesarios para los equipages de los señores oficiales y empleados hasta los puntos avanzados de Francia”. Para evitar desórdenes, una compañía de granaderos se sitúa en la luneta de entrada a la Ciudadela y “un oficial con 25 hombres pasará á ocupar la puerta del rastrillo (…)”. Los franceses abandonan la Ciudadela y marchan hacia Francia, cruzando el Somport el 19 de febrero y llegando a Urdós ese mismo día.

 

Espoz informa de todo esto al duque de Ciudad Rodrigo en uno de sus partes, en el que incluye un informe referente al “Estado de las bocas de fuego que se halláron en la ciudadela de Jaca”, donde se cuentan 54 piezas en sus cureñas y 17 desmontadas. Espoz habla también de vestuarios y víveres, “que á racion ordinaria hubiera tenido la guarnicion para dos meses”, además de munición para la artillería y “cantidad grande de mosquetería”. Por último, Espoz recomienda a los comandantes sitiadores (Oro, Fernández, Oraá), de los que dice:

 

 

De dia y noche, y sin cesar, han contribuido á la par de sus oficiales y soldados a activar las obras en términos en serles temibles á los enemigos (…), y aunque en el tiempo del sitio hicieron algunas salidas del fuerte [los franceses], fueron repelidos con ignominia por la constancia y valor de mis tropas, que vigilaban dia y noche, envueltas las mas veces en las nieves y hielos, alimentadas a media racion y muchos dias á menos”.

 

Consorcio Castillo de San Pedro  | info@ciudadeladejaca.es